Si llegaste hasta aquí desde Facebook después de ver cómo un joven llenó completamente un automóvil de lujo, humilló al despachador y terminó marchándose sin pagar mientras gritaba “¡Cóbramela si puedes!”, aquí continúa la historia completa.
El sedán negro se incorporó a la avenida.
Los tres jóvenes seguían riéndose dentro del vehículo.
El despachador permaneció al lado de la bomba.
No corrió detrás de ellos.
No gritó.
Ni siquiera parecía sorprendido.
Esperó hasta que el automóvil desapareció entre el tráfico.
Entonces sacó tranquilamente su teléfono.
EL DESPACHADOR SE LLAMABA ERNESTO VEGA
Tenía sesenta y siete años.
Para cualquiera que llegara por primera vez a aquella estación parecía simplemente otro empleado.
Overol azul.
Zapatos de trabajo.
Manos curtidas.
Y una placa sencilla con su nombre.
Eso era exactamente lo que el joven había visto.
Y también la razón por la que creyó que podía tratarlo como quisiera.
PERO ERNESTO NO ERA UN EMPLEADO CUALQUIERA
Cuarenta años antes había comenzado trabajando precisamente como despachador de combustible.
Ahorró.
Se asoció con un pequeño empresario.
Después adquirió participación en una estación.
Con el tiempo compró otra.
Luego una tercera.
Y terminó convirtiéndose en propietario de varias estaciones administradas por su familia.
AQUELLA ERA LA PRIMERA
La misma donde había comenzado prácticamente desde cero.
Ernesto podía haberse quedado en una oficina.
No quería.
Varias mañanas a la semana llegaba temprano, se ponía el uniforme y trabajaba junto con los demás empleados.
Le gustaba saber cómo estaban funcionando las bombas.
Hablar con clientes.
Y observar personalmente cómo era tratado el personal.
EL JOVEN ARROGANTE SE LLAMABA SANTIAGO
Tenía veintiocho años.
Conducía un sedán negro de alta gama.
Llevaba ropa costosa.
Cadena dorada.
Reloj llamativo.
Y estaba acostumbrado a utilizar todas esas cosas como una carta de presentación.
Cuando llegó acompañado por Diego y Nicolás, prácticamente no miró a Ernesto.
Solo dijo:
—Llénalo completo.
ERNESTO HIZO SU TRABAJO
Colocó la gasolina.
Esperó.
Retiró la boquilla.
La regresó a la bomba.
—Listo, señor, falta pagar.
Santiago lo miró como si acabara de escuchar algo absurdo.
—¿Me estás cobrando?
Ernesto respondió:
—Claro, llenó el tanque.
SANTIAGO QUISO HUMILLARLO
Señaló el vehículo.
—Este carro cuesta más que todo lo que ganarás en tu vida.
Sus amigos se rieron.
Ernesto no cambió de expresión.
—Entonces pagar la gasolina no debería ser problema.
La respuesta molestó todavía más al joven.
“VIEJO, NO ME HAGAS PERDER EL TIEMPO”
—Solo págame —respondió Ernesto.
Santiago señaló alrededor de la estación.
—Con mi dinero compro este lugar.
Ernesto levantó ligeramente una ceja.
—Pero todavía no has pagado la gasolina.
Diego tuvo que contener una risa.
Esta vez no por Ernesto.
Sino por la respuesta.
SANTIAGO DECIDIÓ IR MÁS LEJOS
—¡Cóbramela si puedes!
Se dio la vuelta.
Sus amigos hicieron lo mismo.
Abrieron las puertas.
Entraron al automóvil.
Y Santiago arrancó.
Ernesto únicamente observó cómo se alejaban.
DESPUÉS HIZO LA LLAMADA
No llamó a seguridad.
Tampoco llamó inmediatamente a la policía.
Buscó un contacto guardado desde hacía muchos años.
Presionó llamar.
Del otro lado respondió un hombre.
—Don Ernesto.
—Raúl, ¿estás ocupado?
ERNESTO FUE DIRECTO
—Tu hijo acaba de salir de mi estación.
Hubo un silencio.
—¿Santiago?
—Sí.
—¿Qué hizo?
Ernesto miró la cifra que todavía aparecía en la bomba.
—Llenó el tanque.
—Se negó a pagar.
—Y se fue riéndose.
AL OTRO LADO DE LA LLAMADA NO HUBO EXCUSAS
Raúl respondió:
—¿Está seguro?
Ernesto sonrió ligeramente.
—Tengo cámaras.
Raúl suspiró.
—Deme diez minutos.
Ernesto contestó:
—No tengo prisa.
RAÚL ERA EL PADRE DE SANTIAGO
Y también conocía a Ernesto desde hacía más de veinte años.
Ambos habían trabajado juntos en varios negocios.
Raúl administraba una empresa de transporte ejecutivo.
De hecho, el sedán negro que Santiago conducía pertenecía formalmente a una de las compañías familiares.
No a Santiago.
SANTIAGO HABÍA PRESUMIDO UN AUTOMÓVIL QUE NI SIQUIERA ESTABA A SU NOMBRE
Raúl se lo había permitido utilizar durante unas semanas.
Pero había una condición.
—Lo cuidas como si fuera tuyo.
Santiago había cumplido con el automóvil.
El problema era cómo utilizaba lo que el vehículo representaba.
Le gustaba que los demás lo vieran bajar de él.
Le gustaba presumir.
Y había empezado a creer que el precio del carro también elevaba su propia importancia.
EL TELÉFONO DE SANTIAGO SONÓ
Iban varios kilómetros lejos de la estación.
Miró la pantalla.
—Es mi papá.
Diego continuó mirando por la ventana.
—Contesta.
Santiago puso la llamada en altavoz.
—Dime, pa.
La respuesta fue inmediata.
—Da la vuelta.
SANTIAGO FRUNCIÓ EL CEÑO
—¿Qué?
—Regresa a la estación de gasolina de la avenida.
La sonrisa desapareció.
—¿Quién te llamó?
—Eso no importa.
—Regresa y paga lo que debes.
SANTIAGO MIRÓ A SUS AMIGOS
Nicolás abrió los ojos.
Diego preguntó:
—¿Qué pasó?
Santiago apagó el altavoz.
—Nada.
Raúl lo escuchó.
—No.
—Explícales.
—Y después regresas.
“PA, FUE UNA BROMA”
Raúl respondió:
—¿Te reíste después de pagar?
Santiago guardó silencio.
—No.
—Entonces no fue una broma.
Santiago intentó discutir.
—Ese señor se puso pesado.
Raúl respondió:
—Ese señor se llama Ernesto Vega.
EL NOMBRE NO SIGNIFICABA NADA PARA SANTIAGO
—¿Y quién es?
Raúl hizo una pausa.
—El dueño de la estación que dijiste que podías comprar.
Diego escuchó la frase.
Miró inmediatamente hacia Santiago.
Nicolás dejó escapar:
—No puede ser.
SANTIAGO NO RESPONDIÓ
Raúl continuó:
—Y antes de que preguntes, sí.
—Lo conozco.
—Desde mucho antes de que tú aprendieras a manejar.
—Ahora da la vuelta.
La llamada terminó.
DIEGO COMENZÓ A REÍR
Santiago lo miró furioso.
—¿Qué te da risa?
—Que le dijiste al dueño que podías comprar su estación.
Nicolás intentó contenerse.
No pudo.
Santiago golpeó suavemente el volante con la palma.
—Cállense los dos.
EL SEDÁN REGRESÓ
Ernesto estaba ayudando a otro cliente.
Escuchó el automóvil.
No se volvió inmediatamente.
Terminó lo que estaba haciendo.
Colocó la boquilla.
Solo entonces caminó hacia Santiago.
LOS TRES BAJARON
Esta vez nadie se estaba riendo.
Santiago llevaba su tarjeta en la mano.
—Vine a pagar.
Ernesto respondió:
—Perfecto.
Señaló hacia la caja.
—Allá puede hacerlo.
SANTIAGO ESPERABA OTRA REACCIÓN
Creyó que Ernesto aprovecharía para burlarse.
No ocurrió.
Pagó exactamente el combustible consumido.
Regresó.
—Ya está.
Ernesto asintió.
—Bien.
“¿USTED ES EL DUEÑO?”
Ernesto miró el uniforme que llevaba puesto.
—Sí.
Santiago observó alrededor.
—¿Y por qué está echando gasolina?
Ernesto respondió:
—Porque sé hacerlo.
—Y porque nadie es demasiado importante para trabajar.
SANTIAGO BAJÓ LA MIRADA
—No sabía quién era usted.
Ernesto respiró profundamente.
—Ese comentario es mucho peor de lo que piensas.
Santiago levantó los ojos.
—¿Por qué?
ERNESTO LE EXPLICÓ
—Porque significa que habrías actuado diferente si hubieras sabido que yo era el dueño.
Santiago no respondió.
—Si yo fuera solamente el despachador, ¿entonces sí estaría bien humillarme?
—No.
—¿Entonces qué tiene que ver quién soy?
DIEGO Y NICOLÁS PERMANECIERON EN SILENCIO
Santiago miró sus cadenas.
Después el sedán.
Finalmente volvió hacia Ernesto.
—Nada.
El hombre mayor asintió.
—Exacto.
PERO TODAVÍA FALTABA ALGO
Ernesto señaló el automóvil.
—También deberías aclarar una cosa con tus amigos.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué?
—Ese carro no es tuyo.
Diego soltó una carcajada.
SANTIAGO SE VOLVIÓ
—Tú cállate.
Ernesto sonrió.
—Tu padre me dijo que pertenece a la empresa.
Nicolás miró a Santiago.
—¿No dijiste que te lo habías comprado?
Santiago se puso rojo.
—Es de la familia.
Diego respondió:
—Eso no fue lo que dijiste.
ERNESTO NO QUISO SEGUIR HUMILLÁNDOLO
—Eso es entre ustedes.
Después volvió hacia Santiago.
—Ya pagaste.
—Por mi parte terminamos.
Santiago permaneció allí unos segundos.
—Señor Ernesto.
—¿Sí?
“DISCULPE”
Ernesto esperó.
Santiago continuó:
—Por haberme ido sin pagar.
—Y por cómo le hablé.
Ernesto preguntó:
—¿Te disculpas porque descubriste quién soy?
Santiago tardó varios segundos.
—Al principio sí.
—Ahora entiendo que eso sería peor.
ERNESTO ACEPTÓ LA RESPUESTA
—Entonces estamos bien.
Los jóvenes regresaron al vehículo.
Pero antes de que Santiago pudiera encenderlo, recibió otro mensaje de su padre.
“Déjalo estacionado en la empresa cuando termines.”
Santiago sabía perfectamente lo que significaba.
RAÚL LE QUITÓ EL AUTOMÓVIL DURANTE VARIOS MESES
No como castigo por una cuenta de gasolina.
Sino porque comprendió cómo su hijo estaba utilizando un privilegio que no se había ganado.
—Cuando puedas respetar a la gente sin importar qué carro maneja, hablamos del carro que manejas tú.
Santiago protestó.
Raúl no cambió de opinión.
DURANTE UN TIEMPO SANTIAGO VOLVIÓ A UTILIZAR SU ANTIGUO VEHÍCULO
Era un automóvil mucho más sencillo.
Al principio le molestaba.
Después dejó de importarle.
También comenzó a notar algo que nunca había pensado.
La forma en que algunas personas cambiaban su actitud dependiendo del automóvil del que alguien bajaba.
Eso le recordó a Ernesto.
TRES MESES DESPUÉS REGRESÓ A LA ESTACIÓN
Esta vez llegó solo.
Conduciendo su viejo carro.
Ernesto estaba sentado en una pequeña oficina.
Santiago se acercó.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—¿Se acuerda de mí?
Ernesto sonrió.
—Difícil olvidarte.
SANTIAGO TAMBIÉN SONRIÓ
—Vine por gasolina.
—Muy bien.
—Llénelo completo.
Ernesto levantó una ceja.
Santiago sacó la tarjeta inmediatamente.
—Y esta vez pago primero.
Ambos rieron.
NO SE CONVIRTIERON EN AMIGOS
Pero Santiago comenzó a pasar ocasionalmente.
Hablaba con Ernesto.
Le preguntó cómo había empezado el negocio.
Y descubrió que aquel hombre que él había juzgado en segundos había pasado décadas trabajando exactamente en el mismo tipo de puesto desde el que ahora dirigía varias estaciones.
LA HISTORIA DE ERNESTO ERA SENCILLA
Nunca recibió una empresa terminada.
Comenzó limpiando.
Despachando combustible.
Cargando cajas.
Haciendo inventarios.
Y aprendiendo el negocio desde abajo.
Por eso seguía respetando especialmente a sus empleados.
“YO SÉ LO QUE SE SIENTE ESTAR DE ESTE LADO DE LA BOMBA”
Se lo dijo a Santiago una tarde.
—Por eso no permito que nadie piense que puede tratarlos mal porque usan uniforme.
Santiago respondió:
—Yo lo hice.
—Sí.
—Pero por lo menos aprendiste.
MESES DESPUÉS RAÚL VOLVIÓ A PRESTARLE EL SEDÁN
Pero algo había cambiado.
La primera vez que Santiago regresó con él a la estación, no se quedó dentro esperando.
Bajó.
Saludó al empleado.
Pidió el combustible.
Y pagó antes de marcharse.
Ernesto observó desde lejos.
TODO HABÍA COMENZADO CON UNA FRASE MUY DIFERENTE
—Llénalo completo.
Ernesto llenó el tanque.
—Listo, señor, falta pagar.
Santiago respondió:
—¿Me estás cobrando?
Después señaló el automóvil.
—Este carro cuesta más que todo lo que ganarás en tu vida.
ERNESTO NO SE DEJÓ PROVOCAR
—Entonces pagar la gasolina no debería ser problema.
La discusión continuó.
Hasta que Santiago dijo:
—Con mi dinero compro este lugar.
Y Ernesto respondió:
—Pero todavía no has pagado la gasolina.
FINALMENTE SANTIAGO SE FUE
—¡Cóbramela si puedes!
Entró al automóvil.
Arrancó.
Y desapareció por la avenida.
Ernesto no lo persiguió.
Solo sacó el teléfono.
LA LLAMADA DURÓ MENOS DE UN MINUTO
—Raúl.
—Tu hijo acaba de irse sin pagar gasolina de mi estación.
La respuesta fue suficiente.
—Deme diez minutos.
Minutos después Santiago estaba regresando por la misma avenida por la que había escapado riéndose.
AL FINAL NO NECESITÓ AMENAZARLO
No necesitó perseguir el sedán.
No necesitó demostrar poder.
Ni siquiera necesitó decirle que era el propietario.
La arrogancia de Santiago se desmoronó sola cuando descubrió dos cosas.
El hombre al que había tratado como si no valiera nada era dueño del lugar que él presumía poder comprar.
Pero más importante todavía:
Ernesto merecía exactamente el mismo respeto aunque hubiera sido simplemente el empleado que le llenó el tanque.
La gasolina tenía un precio.
El automóvil tenía un precio.
Pero la dignidad de la persona que estaba trabajando frente a él nunca debió depender del dinero que Santiago creyera tener.
